La tristeza no es una enfermedad

Cuando el dolor se patologiza, el sentido se pierde: Una reflexión lacaniana sobre la medicalización de la tristeza y el

derecho a no estar bien.

Vivimos en una época que teme a la tristeza. Si lloras más de la cuenta, te recetan antidepresivos. Si te sientes vacío, te dicen que te falta serotonina. Si duermes mal, te ofrecen mindfulness o pastillas para dormir. Freud decía que el dolor psíquico no es un error, sino una respuesta del sujeto frente a una pérdida o un conflicto. El duelo, la insatisfacción, la melancolía —todas esas formas de malestar que hoy se quieren borrar— son modos de hablar del inconsciente. Lacan insistía: el síntoma tiene estructura de lenguaje. No se trata de curarlo, sino de escucharlo. El intento de suprimirlo con fármacos o con discursos de positividad infinita solo logra silenciar la verdad que el sujeto intenta decir. Foucault hablaba de la medicalización de la vida. Hoy, esa medicalización se ha vuelto emocional. Se nos exige ser felices, productivos, funcionales, todo el tiempo. Pero la tristeza puede ser un acto de resistencia ante esa maquinaria del rendimiento.

No hay nada enfermo en estar triste. A veces, la tristeza es el signo más claro de que algo no encaja: en el trabajo, en el amor, en la vida. Y si el síntoma insiste, tal vez no sea un problema químico, sino una verdad que busca palabra.

El psicoanálisis no viene a devolverte la alegría forzada, sino a acompañarte a darle sentido al dolor, a hacerlo hablar. Porque solo cuando se escucha, el sufrimiento deja de repetirse.

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La felicidad obligatoria